alcaudón
Se ha secado el manantial y muere la fauna, marchitan las flores y vuela delgado el aire. La memoria extenuada arrastra un suspiro, una leve llama. Y se implora un olvido que no azote pero nunca gana el pulso al deseo. La vida se retuerce despojada y el alcaudón otea impávido la presa hasta el reflejo de una mirada que desvaría sedienta y negada. El tiempo cae a plomo y desertiza la esperanza de aquellos que nunca guardaron ganas en sus cantimploras. El llanto, quejoso, dirige su batuta de avellano a las costillas de la derrota, golpea estertores y adora ya la muerte. Quizá una gota recorra un nuevo camino.
