Rutina?
Erase una vez un ser humano. ¿Sí? ¿Seguro? Lo juro. ¿Tan escéptico eres que lo dudas con tu juramento? ¿O realmente fue una ilusión?
No, la realidad es que era un desalmado, un ser despreciable. Y eso que lo hacía distinto al los demás le daba categoría de único, se le valoraba y se le daba un estatus que no le correspondía. Y en esa distorsión lo realmente bueno parecía falso. Lo auténtico, en su cantidad, se volvía ficticiamente vulgar. Y es, cuando ese espectro de ser humano se muestra como un demonio, cuando corremos a arroparnos en la vulgaridad que no lo era. Es cuando buscamos de nuevo asombrarnos con la maravillosa rutina que nos equilibra. Esa rutina capaz de generar en sus tranquilas aguas remolinos que absorban con una fuerza desatada todo aquello que se les aproxime. Capaz de remover con sus turbulencias lo que se le ponga por delante. Y sin embargo seguir todo en una aparente rutina, serena, tranquila. Un caudal manso. Ja!!!
