Humedad
Fría en días que como hoy la niebla te arropa. Transformada en sudor caliente frente a la chimenea junto a ella. Contrastes que casi implican el uno al otro.
Una gran nevada siempre representada al cobijo del calor dentro de una casa. Situados tras ese cristal a través del cual observamos y del que hemos intentado quitar con la mano ese vapor de agua, esa humedad, que se había instalado sobre él. Esa humedad contraste de dos mundos que se juntan y que los une. Ese mundo exterior frío, ese mundo interior, cálido. Y ambos complementarios, potenciadores el uno del otro. Amor y odio. Y siempre, justo en medio, esa finísima frontera que separa uno de otro, esa finísima capa de humedad que actúa en nuestras vidas como bisagra de todo lo grandioso. Algo tan etéreo y tan fuerte, capaz de marcar como el fiel de una balanza los dos platos y equilibrarlos.
Pero no siempre es así. A veces, muchas quizá, alteramos ese equilibrio. Enfriamos la casa en invierno y la calentamos en verano. Evitamos la posibilidad de que esa bisagra exista. Tememos salir al frío desde el calor y al revés, renunciamos a los contrastes, a los sobresaltos. Elegimos la tranquilidad de entrar y salir de casa sin necesidad de variar. Buscamos una linealidad que nos aburguesa libres del supuesto sufrimiento al que esos cambios de temperatura nos "castiga". Y es en esa linealidad, en ese miedo, donde se mueren los sentidos, donde ya la humedad no existe, donde la pasión desaparece. Ya no te arropa, ya no sudas...
